Ese niño
Es lo que te hace brillar
Ese niño que te decía que podías ser astronauta. O científico. O futbolista, o pintor, o lo que te diera la gana esa semana.
Ese niño que bailaba sin vergüenza, porque la música le gustaba y punto. Sin estar pendiente de quién miraba. Sin pensar qué dirían. Sin que le importara una mierda lo que pensara el de al lado.
Ese niño que era feliz allá donde fuera. Que estaba siempre imaginando, soñando, mirando más allá. Más preocupado de él que de todo lo demás.
Ese niño que, con el tiempo, dejaste de escuchar. Dejaste de llamar. Dejaste de acompañar. Y lo que es peor, impediste que te acompañara.
Ese niño que, aunque tú no lo recuerdes, aunque ya no le des crédito, te hacía brillar. Creía en ti más que nadie. Más que tu madre, más que tu mejor amigo, infinitas veces más que tú mismo ahora.
Y un día lo metiste en un cajón.
No fue de golpe, eso es lo jodido. Fue poco a poco. Una mirada rara en el patio. Un “no hagas el ridículo” de alguien. Un profesor que te dijo que bajaras los pies del suelo. Una novia que te miró con cara de “ya, claro”. Un jefe que te explicó cómo funcionan las cosas en el mundo real.
Y tú, para encajar, fuiste bajando el volumen. Fuiste pidiendo perdón por ocupar espacio. Fuiste aprendiendo a comportarte. A no destacar demasiado. A no soñar demasiado alto, no fuera a ser que te dieras de bruces. A medir cada frase antes de decirla. A vestir como tocaba. A querer lo que tocaba querer.
Y aquí está la trampa: nadie te avisó de que estabas pagando un precio. Te lo vendieron como madurar. Como sentar la cabeza o ser realista, que ya va tocando. Y tú creíste que estabas creciendo, cuando en realidad te estabas encogiendo.
Lo curioso es que las veces que más has brillado en tu vida (piénsalo de verdad, hostia, piénsalo) no han sido las veces que mejor te has comportado. Han sido las veces que se te ha escapado el niño.
Cuando soltaste esa idea que parecía una locura en una reunión, y resulta que era la buena. Cuando montaste ese proyecto que todos te decían que no tenía sentido. Cuando dijiste lo que pensabas en una cena en lugar de asentir. Cuando bailaste en esa boda como si nadie estuviera mirando, y la gente te miraba (pero con envidia, no con burla). Cuando te lanzaste a algo sin tener ni idea de cómo iba a salir, porque te apetecía y ya está.
Esos momentos. Esos son los que te recuerdas. Esos son los que la gente recuerda de ti. No los días en los que cumpliste el protocolo.
A mí me pasa. A mí me pasa todavía. Hay días que me pillo midiendo una frase tres veces antes de publicarla o decirla. Pensando si una idea es “demasiado”. Si voy a parecer ingenuo. Si voy a parecer arrogante. Si voy a parecer lo que sea que no toque parecer ese día.
Y cada vez que me pillo haciendo eso, sé que estoy traicionando al niño. Al que me hizo llegar hasta aquí. Al que se atrevió a emprender a los 23, a los 28, a los 37 y ahora a los 45. Al que escribe estas newsletters cuando lo cómodo sería no hacerlo.
Ese niño no se equivocó nunca. Los que nos equivocamos somos los adultos que le hacemos callar.
Así que escúchame: ve a buscarlo. Está ahí, no se ha ido. Está esperando que vuelvas a llamarlo. Está esperando que le hagas caso otra vez. Está esperando que bailes sin mirar toda la noche sin parar. A que llores escuchando a Los Suaves mientras recuerdas a tu padre. Que digas la idea rara, que lances eso que llevas meses dándole vueltas. Que sueñes con lo que toca soñar, no con lo que toca conformarse.
Porque la mediocridad, la conformidad, la mierda de vida gris que parece que hay que comerse. no llega de un día para otro. Llega cada vez que le dices a ese niño que se calle. Cada vez. Y se va igual: cada vez que le dejas hablar.
Esta semana, dale la palabra al menos una vez. A ver qué pasa.
Un abrazo, Corti. 24 de mayo de 2025
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Claro que si.